한국어 English 日本語 中文 Deutsch हिन्दी Tiếng Việt Português Русский Iniciar sesiónUnirse

Iniciar sesión

¡Bienvenidos!

Gracias por visitar la página web de la Iglesia de Dios Sociedad Misionera Mundial.

Puede entrar para acceder al Área Exclusiva para Miembros de la página web.
Iniciar sesión
ID
Password

¿Olvidó su contraseña? / Unirse

Ninguna parte de los sermones en texto puede ser imprimida o difundida. Por favor, grabe en su corazón lo que ha entendido, para compartir la fragancia de Sion.

Los que tienen el deseo del Espíritu y los que tienen el deseo de la carne


Dios nos ha dicho que siempre tengamos el deseo del Espíritu. Ya que el Espíritu es Dios, el deseo del Espíritu es el corazón que Dios nos da, y que está de acuerdo con Dios. Por el contrario, el deseo de la carne es el deseo que Satanás trata de inculcarnos para desviarnos de las cosas espirituales.

Cuando Satanás tentó a Jesús al comienzo de su obra del evangelio, también utilizó el deseo de la carne; él intentaba persuadir a Jesús con la riqueza y el honor del mundo. Sin embargo, Jesús respondió a todas las tentaciones de Satanás con las palabras de Dios, lo cual nos despierta al deseo del Espíritu (Mt. 4:1-10).

Ahora, veamos detalladamente a través de la Biblia, qué personas tienen el deseo del Espíritu y quiénes tienen el deseo de la carne.


Andad en el Espíritu

Gá. 5:16-17 “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.”

Estos versículos nos enseñan que si tenemos el deseo de la carne, no podemos conservar el deseo del Espíritu, el cual debemos tener sin falta, y que si tenemos el deseo del Espíritu, podremos controlar los deseos de la carne. El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne. Si tenemos el fuerte deseo del Espíritu, escaparemos de los deseos de la carne, los deseos mundanos. Por el contrario, si tenemos el fuerte deseo de la carne, el deseo del mundo, desobedeceremos la santa voluntad de Dios.

Ro. 8:5-8 “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”

Los que tienen el fuerte deseo de la carne, no se preocupan por las cosas espirituales y piensan en las cosas de la carne. Sin embargo, los que tienen el fuerte deseo del Espíritu, se ocupan de las cosas espirituales. Lo visible es temporal, pero lo invisible es eterno (2 Co. 4:18). Por lo tanto, lo que debemos tener es el deseo del Espíritu.

Entonces, ¿cómo podemos tener el deseo del Espíritu? En resumen, lo más importante que debemos hacer es humillarnos. Si no tenemos un corazón humilde, el deseo del Espíritu no se inculcará en nosotros.


Podremos tener el deseo del Espíritu cuando nos humillemos

Isaías capítulo 14 nos muestra cómo vivía el rey de Babilonia antes de nacer en esta tierra. En el cielo, él era un ángel que ocupó la gloriosa posición de “Lucero, hijo de la mañana”. Sin embargo, como se volvió arrogante, incluso intentó tomar el trono de la gloria de Dios. Puesto que su corazón se enorgulleció, estaba lleno de deseos de la carne —los deseos y la codicia del mundo—, y no del deseo del Espíritu. En consecuencia, se rebeló contra Dios y desafortunadamente fue arrojado a esta tierra.

Satanás quiere que toda la humanidad tenga ese corazón arrogante. Sin embargo, Dios vino a esta tierra como “el que sirve” y se humilló. Si nos humillamos y vemos todas las cosas desde esa perspectiva, podremos tener el corazón de Dios; pero si nos volvemos arrogantes y miramos a los demás con desprecio, Satanás inyectará sus pensamientos en nuestro corazón.

Ro. 12:16-18 “Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.”

Llegar a tener el deseo de la carne o el deseo del Espíritu, depende de si nos volvemos altivos o no.

La palabra inglesa “understand”, cuyo significado es “entender”, es una combinación de dos palabras: “under” que significa debajo, y “stand” que significa estar de pie. Si estamos debajo de todas las cosas y todos los demás y desde ahí los miramos, no habrá nada ni nadie a quien no podamos comprender. Podremos entender la situación de todos los demás.

Sin embargo, si nos ponemos por encima de otros, no podremos entenderlos. Las palabras “look down” significan básicamente mirar hacia abajo, pero también significan menospreciar. Si tenemos un corazón arrogante, llegaremos a despreciar a alguien o algo.

Lo opuesto de “look down” es “look up”, que significa mirar hacia arriba. Y también contiene el significado de respetar. Todas las criaturas de Dios parecen respetables si las vemos desde abajo; así podemos entender completamente todas sus condiciones o situaciones.

Los que tienen el deseo de la carne siempre tratan de exaltarse a sí mismos; ellos miran hacia abajo, es decir, desprecian todas las cosas con un corazón arrogante. Ya que se exaltan, se sienten superiores a los demás en todo. Si la gente no los trata con respeto, se sienten decepcionados y se quejan.

Por lo tanto, estar abajo es la manera de tener el deseo del Espíritu. Si tratamos de ponernos sobre los demás, caeremos en el camino de la destrucción como Lucero, hijo de la mañana. Por ese motivo, Dios nos dijo que debemos situarnos más abajo que los demás.


El deseo del Espíritu que Abraham tuvo

Una de las figuras representativas que tenían el deseo del Espíritu es Abraham, nuestro padre de la fe. Cuando Abraham vivía con su sobrino Lot, cada uno de ellos tenía sus siervos y ganado. Al principio, no había ningún conflicto entre ellos aunque permitían que su ganado pastara con entera libertad. Pero como su ganado crecía en número año tras año, hubo una contienda entre los pastores del ganado de Abraham y los del ganado de Lot por la falta de pastos; querían ser los primeros en los pozos donde conseguían agua para sus vacas y ovejas, y trataban de encontrar lugares donde creciera la mejor hierba. Entonces Abraham llamó a Lot y le sugirió:

Gn. 13:8-12 “Entonces Abram dijo a Lot: No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mí. Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda. Y alzó Lot sus ojos, y vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego, como el huerto de Jehová, como la tierra de Egipto en la dirección de Zoar, antes que destruyese Jehová a Sodoma y a Gomorra. Entonces Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán; y se fue Lot hacia el oriente, y se apartaron el uno del otro. Abram acampó en la tierra de Canaán, en tanto que Lot habitó en las ciudades de la llanura, y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma.”

Aquí, podemos ver el corazón del que tiene el deseo del Espíritu. Aunque Abraham era el patriarca de su familia, permitió que su sobrino Lot eligiera primero la mejor tierra. Lot escogió la tierra cerca de Sodoma y Gomorra, en donde había muchos pastos y agua para su ganado, y Abraham se quedó con la tierra que parecía inferior. Sin embargo, la tierra de Sodoma y Gomorra que parecía buena y fértil en aquel tiempo, posteriormente se convirtió en un lugar de destrucción, y la tierra de Canaán en la cual Abraham se asentó, llegó a ser una herencia eterna para él y su descendencia con la bendición de Dios (Gn. 17:8, 19:24-29).

Abraham se situó por debajo de su sobrino Lot. Como el mayor y el jefe de la familia, tenía derecho a elegir primero; aunque hubiera elegido la mejor parte para sí mismo, Lot no habría tenido más opción que seguirlo. Sin embargo, Abraham dio a su sobrino Lot la oportunidad de elegir primero la tierra en la que deseaba vivir. Los que tenían el deseo del Espíritu siempre se humillaron de esta manera.

Aunque hubo contiendas entre los pastores del ganado de Abraham y los del ganado de Lot, en vista de que su ganado aumentaba, estas se resolvieron sin problemas cuando Abraham hizo que su sobrino Lot eligiera primero la mejor tierra. Ahora sucede lo mismo con nosotros. A medida que nuestros hermanos y hermanas de Sion crecen en número, los que hemos entrado primero en Sion necesitamos tener el deseo del Espíritu como lo hizo Abraham. Si tenemos el deseo del Espíritu en lugar de perseguir los placeres e intereses inmediatos y concedemos lo mejor a nuestros hermanos y hermanas, recibiremos más y mejores bendiciones. Los que tienen el deseo del Espíritu, siempre se humillan y conceden buenas cosas a los demás, y Dios los recompensa con mayores bendiciones. Debemos recordarlo.


El camino del amor que cumple el deseo del Espíritu

En estos días, el pueblo de Dios está regresando a Sion como una inundación. A fin de ayudar a los miembros que han vivido con el deseo de la carne para que todos puedan quitarse las impurezas del mundo y purificarse en Sion, los primeros necesitamos llenar nuestro corazón con el deseo del Espíritu, mostrarles muchos buenos ejemplos llenos de gracia y guiarlos al camino correcto.

Siempre humíllense en su casa y también en la iglesia. Si se humillan, pueden entender a su esposo o esposa y también a sus hijos. Una familia cuyos miembros se entienden y cuidan mutuamente, rebosa de paz, alegría y felicidad. Si viven conforme a la palabra de Dios con el deseo del Espíritu, pueden alcanzar el reino de los cielos tanto en su casa como en la iglesia.

Si nos situamos por encima de los demás, no podemos entender sus palabras y acciones. “¿Por qué no pueden hacerlo?” “¿Por qué no me tratan como yo quiero?” “¿Por qué empeoran la situación?” De este modo, nos quejaremos de todas las cosas y siempre sucederán conflictos entre nosotros. Si todos nos exaltamos, ¿cómo podremos llegar a ser uno?

El Dios Supremo, que reina sobre todo el universo, ha venido a esta tierra en la carne con el fin de salvarnos, y nos mostró el ejemplo del camino de servir a los demás, poniéndose en la posición más baja. Por eso, nosotros también debemos respetar y servir a los demás con ese corazón humilde, y hacer nuestro mayor esfuerzo por encontrar a nuestros hermanos y hermanas perdidos; y cuando los encontremos, debemos cuidarlos bien y esforzarnos en guiarlos a la salvación. Este es el aspecto de los que tienen el deseo del Espíritu, y la manera de la salvación que Dios nos ha enseñado.

El amor contiene todas estas cosas. El más grande de todos es el amor. Ya que Dios es amor, vino a esta tierra dejando su gloria del cielo; se humilló y sirvió a los demás, e incluso asumió el castigo por nuestros pecados en la cruz.

1 Co. 13:1-4 “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, […]”

Dios nos ha dado un mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros” (Jn. 13:34). En el nuevo pacto, todos deben poner en práctica el amor; no es deseable que solo algunos den amor y otros solo lo reciban. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita. Los que se exaltan a sí mismos no pueden practicar ninguna de estas características del amor que se describen en la Biblia.

Dios nos ha hecho darnos cuenta de que nuestra naturaleza es la de los pecadores del cielo, y nos ha dicho repetidamente: “Humillaos y arrepentíos”, “no altivos, sino asociándoos con los humildes”. Cuando lo hagamos, podremos encarnar el reino de los cielos en esta tierra y alcanzar el eterno reino celestial.

He. 10:23-25 “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”

Si no nos ponemos en una posición baja, no podremos considerarnos mutuamente. Si nos ubicamos en una posición alta, desearemos ser servidos por los demás, en lugar de servirlos, ¿no es así? Solo cuando estemos por debajo de los demás, podremos entenderlos y darles amor. En aquel lugar, todos quieren servir y sacrificarse por los demás.

Puesto que todos somos hermanos y hermanas en la fe, debemos considerarnos y amarnos mutuamente, y no solo debemos recibir el amor que Dios nos da, sino debemos retribuir su amor, amándolo. Si nuestros corazones están llenos del deseo del Espíritu —el amor de Dios—, podremos llevar hermosos frutos.


Todos los miembros del cuerpo deben preocuparse los unos por los otros

Sion, en donde mora Dios, es un lugar de gracia; todos los que entran en Sion son consolados y bendecidos. Como el pueblo de Sion, llenémonos del deseo del Espíritu para que todos puedan experimentar que Dios está con nosotros, no solo con las palabras de la Biblia, sino también a través de nuestras buenas obras.

1 Co. 12:17-27 “Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.”

A veces surgieron discusiones también entre los miembros de la iglesia primitiva. Los que no estaban totalmente agradecidos a Dios por la gracia de la salvación, tenían el deseo de la carne y despreciaban a los demás, poniéndose por encima de ellos. Esto provocó quejas y luchas por la posición entre ellos.

Dios ha establecido un orden en la iglesia; cada uno de nosotros tiene un rol dado por Dios. Somos el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. ¿Qué pasaría si los pies se quejaran de que están en la parte más baja del cuerpo y trataran de ponerse en la parte superior de la cabeza? Los pies, el rostro y todas las demás partes del cuerpo son hermosos cuando están en su propio lugar. Si cada parte del cuerpo quiere estar en la posición más alta y trata de salir de su propia posición, el cuerpo perderá su equilibrio y se arruinará. El apóstol Pablo lo indicó, diciendo: “¿Son todos apóstoles?, ¿son todos profetas?, ¿todos maestros?” (1 Co. 12:28-30).

No debemos perseguir ministerios o posiciones y alardear de ello según el deseo de la carne, sino debemos ayudar a nuestros hermanos y hermanas para que puedan recibir bendiciones mediante las palabras de Dios y servirlos, conforme al deseo del Espíritu. Todos pueden llevar a cabo su misión del evangelio en la posición o en el lugar que Dios les permitió: los trabajadores en su centro de trabajo, los estudiantes en la escuela, las amas de casa en el hogar y el vecindario, y otros en sus propias posiciones y lugares. Espero que todos siempre tengan el deseo del Espíritu y estén unidos como miembros del cuerpo de Cristo, de modo que sigan a Dios por dondequiera que los guíe.

No sean arrogantes. Si su corazón se vuelve altanero, el deseo de la carne pronto cautivará su corazón y ustedes terminarán siendo enemigos de Dios. Sin olvidar que pecamos en el cielo, humillémonos constantemente, siempre dando gracias a Dios por hacernos sus hijos y permitirnos permanecer en Sion. Estando perfectamente unidos, llevemos a cabo nuestros roles y funciones como miembros del cuerpo de Cristo. Hermanos y hermanas de Sion, les pido sinceramente que tengan el deseo del Espíritu, de modo que siempre puedan conceder, perdonar, perseverar, dedicarse a encontrar a los hermanos perdidos y cuidar bien de los que han sido hallados. Haciendo esto, deseo que todos juntos avancen en el camino de la salvación.