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Ninguna parte de los sermones en texto puede ser imprimida o difundida. Por favor, grabe en su corazón lo que ha entendido, para compartir la fragancia de Sion.

Cuando somos llamados por Dios

Cuando Dios nos llama, tendemos a examinar primero nuestras habilidades, pensando: “¿Estoy calificado?” “¿Tengo la habilidad de hacerlo?” Al pensar si podremos hacer o no con nuestra habilidad lo que Dios nos ha encomendado hacer, todos terminaremos diciendo que no podemos hacerlo.

Cuando Dios nos llama, todo lo que tenemos que hacer es obedecer el llamado de Dios, diciendo: “¡Amén!” Entonces la obra de la salvación continuará a través del poder de Dios. El llamado de Dios hacia nosotros no significa que Él cumplirá su obra utilizando nuestras habilidades, sino que muestra su intención de ayudarnos y guiarnos con su poder para llevar a cabo su obra, basándose en nuestra fe.


Cuando Dios llamó a Moisés

Cuando los israelitas eran esclavos en Egipto durante unos cuatrocientos años, Dios escogió a Moisés para establecerlo como líder de su pueblo y salvarlos. No fue por su propia habilidad o poder que Moisés salvó al pueblo de Israel. Todo lo que él hizo fue cumplir lo que Dios le dijo, como un instrumento de Dios.
Al principio, cuando fue llamado por Dios, Moisés no comprendió este hecho.

Éx. 3:10-12 “Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte.”

Los versículos anteriores describen la escena en la que Dios llamó a Moisés y le confió una misión cuando apareció en llama de fuego en medio de una zarza. “Te enviaré a Faraón para que liberes de Egipto a mi pueblo.” Esa fue la voluntad de Dios al nombrar a Moisés.

Moisés estaba muy sorprendido y dudó por el temor, después de pensar si verdaderamente era una persona competente para llevar a cabo esa misión. “¿Quién soy para que vaya a Faraón?” “Nunca he sido hombre de fácil palabra. Soy tardo en el habla y torpe de lengua.” “¡Ay, Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar.” Dios lo reprendió por su fe débil y prometió estar con él. Habiendo recibido la misión de Dios, Moisés finalmente rescató a los israelitas del yugo de la esclavitud de Egipto, la tierra de pecado, con la ayuda de Dios.

Hoy estamos en la misma situación que Moisés cuando fue llamado por Dios; nosotros sentimos lo mismo que Moisés sintió cuando Dios lo llamó. Cuando Dios nos llama, a veces nos preocupamos pensando en nuestra edad y en que carecemos de experiencia, habilidad o conocimiento. Cuando Dios nos dice que vayamos y difundamos el evangelio en Samaria y hasta lo último de la tierra, solo necesitamos ir y predicar. Sin embargo, a veces sentimos miedo pensando: “¿Cómo puedo predicar el evangelio?”, sin siquiera intentarlo. Es por eso que muchos de nosotros dudamos en aceptar el llamado de Dios y perdemos la oportunidad de recibir las bendiciones de Dios.

Dios no llamó a personas calificadas. El hecho mismo de ser llamados por Dios es importante. Cuando Dios dividió el Mar Rojo, Él solo dijo a Moisés que alzara su vara y extendiera su mano sobre el mar. ¿Creen que su vara tenía algún poder para dividir el Mar Rojo, volviendo el mar en seco? Sin embargo, cuando Moisés creyó y obedeció a Dios, ocurrió algo inimaginable: se formó un camino en el mar. La vara era un simple instrumento. Parecía que esta maravillosa obra había sido hecha por la vara en sí, pero detrás de todo esto estaba Dios, quien fue el que en realidad trabajó.

Lo mismo sucede con nosotros. Somos simples instrumentos de Dios, y es Él quien cumple la obra del evangelio. Todo lo que tenemos que hacer es creer que todo lo que Dios hace se cumplirá sin falta, ir cuando Dios nos diga que vayamos y predicar cuando Dios nos diga que prediquemos.


Cuando Dios llamó a Gedeón

Gedeón cometió el mismo error que Moisés cuando fue llamado por Dios. Él sintió que era muy pequeño y débil para la gran tarea que Dios le había encomendado.

Jue. 6:12-18 “Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente. […] Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo? Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre. Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre. […]”

Gedeón habló igual que Moisés. “¿Cómo puedo salvar a Israel?” Él pensó erróneamente que iba a salvar a Israel con su propia habilidad, y preguntó a Dios cómo podía salvar a Israel, diciendo que era imperfecto en muchos aspectos.

Entonces Dios dijo: “Yo estaré contigo”. Dios dio a Gedeón la misma respuesta que había dado a Moisés. Más tarde, Gedeón se convenció de que Dios realmente estaba con él, a través de señales milagrosas. Entonces se llenó de coraje y liberó a los israelitas de la opresión de Madián.

Si nos concentramos en nuestras propias habilidades, circunstancias y antecedentes, no podremos hacer nada. También es insignificante intentar llevar a cabo la misión del evangelio excluyendo a Dios y confiando en nuestra propia capacidad, pensando que tenemos muchas cosas y conocimiento. Es Dios quien cumple la obra de la salvación.

“Yo estaré contigo.” Esta sola palabra de Dios lo resuelve todo. Si Dios está con nosotros, ¿acaso necesitaremos un ejército enorme, conocimiento militar o fondos de financiación? No, no precisaremos de nada. A través del simple hecho de que Dios está con nosotros, necesitamos saber que tenemos el poder más grande del universo.

Todo lo que está escrito en la Biblia se escribió para enseñarnos (Ro. 5:14). No debemos considerar estas cosas solo literalmente, sino grabarlas en nuestro corazón de modo que podamos seguir alegremente el camino por donde el Padre y la Madre nos guíen.


Dios miró el corazón de David y lo escogió

Cuando se requiere hacer algo, la mayoría de las personas piensan que es necesario tener a alguien que posea cualidades requeridas para ello. Sin embargo, con frecuencia Dios elige a las personas inesperadas y cumple su grandiosa obra a través de ellos. Así hizo cuando escogió a David.

1 S. 16:1-13 “Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey. […] Hizo, pues, Samuel como le dijo Jehová; y luego que él llegó a Belén […]. Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido. Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. […] E hizo pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a éstos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son éstos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. […]”

Samuel pensó que el hombre calificado para ser rey debía ser de gran estatura, bien parecido y de apariencia arrolladora, y que no debía ser alguien demasiado joven. Sin embargo, estaba completamente equivocado. Dios vio lo que estaba en el corazón del hombre: su sinceridad ante Dios y su rectitud de fe hacia Él. Así, David, el hijo menor de Isaí, fue elegido rey. Como Dios vio lo que estaba en su corazón —su hermosa fe— en vez de su apariencia, lo eligió para ser el segundo rey de Israel.

Dios siempre escoge a alguien mediante estos criterios. La gente juzga a los demás por su edad, carrera, habilidad, conocimiento, riquezas, entorno o antecedentes. Sin embargo, Dios considera estas cosas como nada y solo mira lo que está en su corazón, es decir, si su corazón está completamente vuelto hacia Él.


Cuando Jesús llamó a sus discípulos

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, también vio sus corazones sinceros y su fe genuina hacia Dios, en lugar de ver si cada uno de ellos estaba calificado para convertirse en discípulo. Si el conocimiento, la habilidad, la riqueza y los antecedentes hubieran sido requisitos para llegar a ser discípulo, Jesús habría llamado solo a personas ricas, incluyendo los fariseos y los escribas que tenían una buena educación.

Cuando los discípulos fueron llamados por Dios, no pensaron en sus propias habilidades, y respondieron al llamado de Jesús de inmediato.

Mt. 4:18-22 “Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.”

Los discípulos dejaron sus redes de inmediato y siguieron a Jesús. Ellos lo acompañaron durante tres años, escuchando sus enseñanzas y experimentando todo tipo de situaciones espirituales, de modo que pudieran llegar a estar completamente calificados como pescadores de hombres.

¿Piensan que Pedro, que era pescador, tenía la habilidad de predicar un sermón elocuentemente delante de muchas personas? Sin embargo, cuando predicó, sucedió algo sorprendente: tres mil personas se arrepintieron y fueron salvas en un día (Hch. 2:38-41). Esto fue posible con la ayuda de Dios, no con su propia habilidad.

Cuando Moisés sostuvo la vara en su mano, no importó de qué estaba hecha, si de hierro, madera o algún otro material. Sin importar de qué material estuviera hecha, si Moisés podía usarla, eso era suficiente. Cuando Sansón derrotó a los enemigos, una quijada de asno fue suficiente para él, mientras que los enemigos tenían espadas y lanzas. Como él estaba vestido del poder de Dios para derrotar a los enemigos a pesar del número —cien, mil o más enemigos—, no importaba qué usara como arma; cualquier cosa podía servirle de arma.

De la misma manera, cuando Dios llama a alguien como su instrumento, no le importa qué clase de persona sea. ¿Acaso Dios llamó a Pedro porque estaba calificado, y a Santiago y a Juan porque tenían mucho conocimiento o riquezas? En absoluto. Quienquiera que Dios llame y escoja de entre todas las personas, será realmente bendecido. Así, debemos responder con fe de inmediato ante el llamado de Dios, como Pedro, Juan y Santiago.

Cuando veo lo rápido que respondieron al llamado de Dios, creo que verdaderamente eran bienaventurados. Probablemente sintieron miedo porque también eran seres humanos. Sin embargo, como Dios mismo los llamó y les dio la misión, no se preocuparon de ello en absoluto. Los que siguieron a Dios, diciendo “amén” cuando Él los llamó, son aquellos con los que Dios ha estado cumpliendo la obra de la salvación.


Cuando Dios nos llama

Hemos sido llamados por Dios para predicar el evangelio en esta época. Así como Dios llamó a sus discípulos en Galilea, también nos llamó para salvar al mundo difundiendo el evangelio en Samaria y hasta lo último de la tierra.

Si dudamos en aceptar el llamado de Dios y dejamos de cumplir la tarea que Él nos ha dado, no seremos diferentes de los que no han sido llamados. “¿Soy la persona indicada para esa tarea?” “¿Podré hacerlo?” Pensar de esa manera no es humildad en absoluto. La humildad es totalmente diferente del temor. Ser humilde significa rebajarse aunque pueda hacerlo, y sentir temor significa tener miedo de algo sin siquiera haberlo intentado. Dios dijo: “Quien tema y se estremezca, devuélvase” (Jue. 7:2-3). Con esto Dios quiso decir que los que temían no estaban calificados para hacer su obra.

Dios conoce nuestra debilidad. Cada vez que enfrentemos un problema o dificultad, pidamos la ayuda de Dios. Cuando Dios nos llama, Él está con nosotros y nos da habilidad para hacer su obra. Así que primero debemos tener confianza en el llamado de Dios y hacer lo que Él nos ha dicho que hagamos. Todo es posible para los que creen. Dios ha prometido que dará la gloria de la victoria a sus llamados, escogidos y fieles seguidores (Ap. 17:14). Creyendo en esta promesa de Dios, avancemos sin dudar y hagamos con gozo lo que Dios nos ha mandado, como el pueblo de Sion.

Mt. 28:18-20 “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

¿Piensan que Dios nos ha llamado para hacer discípulos a todas las naciones porque tenemos excelentes capacidades? En absoluto. Debemos intentar cumplir esta gran obra con la ayuda de Dios, en vez de hacerlo con nuestras habilidades. Con esta actitud de fe, necesitamos seguir la voluntad de Dios. Ya que Dios nos ha dicho que vayamos y hagamos discípulos a todas las naciones, ¿no deberíamos solo ir a todas las naciones del mundo y predicar el evangelio diligentemente? El Dios que estuvo con Moisés y Gedeón, ha prometido estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Si son llamados por Dios, no deben guardar silencio como los que no son llamados. Oren a Dios diligentemente y prediquen el evangelio a todas las personas que los rodean: los trabajadores en sus centros laborales, los estudiantes en la escuela y las amas de casa en sus vecindarios. Entonces Dios obrará a través de su hermoso corazón que confía en Él, con su poder y no con la fuerza ni la sabiduría humana.

Cuando somos llamados por Dios, no pensemos: “¿Cómo puedo hacer esta grandiosa tarea?” Recordando que Dios ciertamente camina con nosotros cuando nos llama y creyendo que Él abrirá las puertas del evangelio de par en par, prediquemos el evangelio con diligencia. Dios ha prometido estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo. Siempre recordemos esta promesa de Dios y prediquemos las buenas nuevas del reino de los cielos a cualquiera que encontremos, a fin de que todos recibamos las bendiciones y las recompensas celestiales abundantemente, como los llamados y elegidos por Dios en Sion.