한국어 English 日本語 中文 Deutsch हिन्दी Tiếng Việt Português Русский Iniciar sesiónUnirse

Iniciar sesión

¡Bienvenidos!

Gracias por visitar la página web de la Iglesia de Dios Sociedad Misionera Mundial.

Puede entrar para acceder al Área Exclusiva para Miembros de la página web.
Iniciar sesión
ID
Password

¿Olvidó su contraseña? / Unirse

Ninguna parte de los sermones en texto puede ser imprimida o difundida. Por favor, grabe en su corazón lo que ha entendido, para compartir la fragancia de Sion.

La fuente del poder para cumplir la obra de la salvación

Nuestros hermanos y hermanas han estado trabajando duro juntos con un solo corazón en la fe. Como resultado, más de 7000 Siones se han establecido en todo el mundo. Viendo esta sorprendente obra de salvación, algunos pueden pensar que ha sido posible porque un departamento de la Gran Asamblea es bueno en la organización, y otros pueden pensar que hemos logrado grandes resultados porque tenemos pastores y misioneros que han nacido con un excelente don de liderazgo.

Sin embargo, si lo observamos a través de la Biblia, podemos comprender que el evangelio del reino se ha de predicar en todo el mundo independientemente de a quién señale Dios, y que la obra de la salvación se puede lograr a través de la ayuda de Dios. Somos simplemente ángeles caídos que fueron arrojados a esta tierra como resultado de haber cometido pecados en el mundo angelical. Ninguno de nosotros debe ser arrogante ni jactancioso. Por el contrario, debemos dar gracias a Dios y arrepentirnos más, teniendo la fe del publicano, que dijo: “¡Dios, sé propicio a mí, pecador!”. Con este tipo de fe, debemos avanzar hacia el eterno reino de los cielos, siempre pensando de dónde viene el poder para lograr la obra de la salvación.


Israel prevalecía cuando Moisés alzaba sus manos

Hubo una guerra entre Israel y Amalec durante el viaje de Israel de cuarenta años en el desierto. Josué y el ejército israelita dirigido por él, salieron a pelear contra Amalec y obtuvieron la victoria. Sin embargo, la victoria de Israel no dependía de Josué que dirigió el ejército ni de los soldados que lo siguieron.

Éx. 17:8-13 “Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano. E hizo Josué como le dijo Moisés, peleando contra Amalec; y Moisés y Aarón y Hur subieron a la cumbre del collado. Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; mas cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec. Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada.”

La guerra estaba en pleno apogeo mientras ellos luchaban entre sí. En ese momento, Moisés estaba sobre la cumbre del collado. Cuando él alzaba sus manos, los israelitas prevalecían, y cuando las bajaba, prevalecían los amalecitas. El resultado de la batalla dependía de si Moisés alzaba o bajaba las manos. Moisés mantuvo sus manos en alto, y finalmente Israel obtuvo la victoria.

Lo que les sucedió a los israelitas en el desierto nos muestra bien lo que sirve como fuerza motora de la victoria para los que estamos recorriendo el camino del desierto de la fe hoy en día. Moisés representa a Jesús, que es Dios mismo. Así como Israel pudo ganar cuando Moisés alzó su mano, la obra del evangelio en esta última época, la época del Espíritu Santo, puede cumplirse cuando Dios está con nosotros y nos ayuda. En lo que se refiere a la obra de edificar el templo, Dios dijo: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zac. 4:6). Sin la ayuda de Dios, es imposible realizar la obra de salvar al mundo, no importa cuán sabios e inteligentes sean los líderes y cuántas iglesias y miembros tengamos. Es como el ejército de Israel que no habría podido ganar la batalla si Moisés no hubiera alzado sus manos, independientemente de lo hábil y excelente que podría haber sido Josué como líder, y de cuántos soldados valientes y armas poderosas podría haber tenido.

Necesitamos absolutamente el apoyo de Dios. La Madre celestial está alzando sus manos detrás de escena, anhelando nuestra victoria y orando por nosotros. Ya que nuestra Madre santa nos apoya de esta manera, la sorprendente obra de la salvación ahora está llevándose a cabo. Guardando este hecho en el corazón, pensemos de dónde viene todo el poder y participemos en el evangelio. Por supuesto, Josué y el ejército de Israel tuvieron que pelear la batalla mientras Moisés levantaba sus manos. Como Josué, estamos peleando espiritualmente la buena batalla de la fe, pero nuestra victoria depende de la Madre celestial que ora por nosotros y nos da fuerza espiritual. No debemos olvidarlo.


El Mar Rojo, que era un obstáculo, se convirtió en instrumento para la salvación

La división del Mar Rojo también nos enseña que nunca podemos lograr la obra del evangelio por nuestra propia fuerza o poder. Cuando los israelitas salieron de Egipto y partieron hacia Canaán, la tierra que fluye leche y miel, el primer obstáculo que enfrentaron fue el Mar Rojo. La mayoría piensa que el Mar Rojo es un mar poco hondo, pero es muy profundo. Los jefes o líderes de Israel deben de haber estado preocupados sobre cómo cruzar el Mar Rojo con más de tres millones de personas además de sus rebaños. Sin embargo, como Dios los ayudó, el profundo y amplio Mar Rojo se abrió de inmediato e hizo un camino para ellos.

Éx. 14:10-21 “Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. […] Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos. Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco. […] Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.”

El Mar Rojo era un obstáculo insuperable para los israelitas. Sin embargo, cuando Dios los ayudó, el obstáculo se convirtió en un atajo hacia Canaán, la tierra prometida, y en un instrumento de salvación para proteger a los israelitas de sus enemigos destruyendo a estos. Del mismo modo, si Dios está con nosotros, los obstáculos ya no son obstáculos, sino que se pueden convertir en herramientas para protegernos y ayudarnos.

Ni Moisés ni su vara dividieron el Mar Rojo. Aquellos que solo creen en lo que ven, podrían pensar que el poder para dividir el Mar Rojo vino de la vara de Moisés; pero la vara en realidad no tenía ningún poder divino. ¿Quién imbuyó la vara con su poder? Moisés solo extendió su vara cuando Dios dijo: “Alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar”. Entonces Dios hizo todo por él.

El evangelio avanza lentamente si pensamos que lo hacemos nosotros mismos. Solo cuando comprendemos la omnipotencia de Dios y le pedimos su ayuda, el evangelio puede progresar. Estoy seguro de que, debido a que los miembros tuvieron esa clase de entendimiento y fe, Dios hizo algo milagroso como la división del Mar Rojo: se establecieron más de siete mil iglesias en todo el mundo hasta el año pasado. También este año, grabémoslo en lo profundo de nuestro corazón. El evangelio no es algo que se cumpla por las capacidades humanas. Incluso la vara poco atractiva de un pastor puede ser imbuida con un poder suficientemente grande como para dividir el Mar Rojo. Creamos en esto y llevemos a cabo la obra del evangelio. Todo el poder proviene de Dios, y solo tenemos que ir y hacer el recado de Dios, nuestra misión dada por Él de predicar su palabra. Entonces Él hará todo por nosotros.


La salvación dependió de Dios en la historia de la serpiente de bronce

Sin la ayuda de Dios, no podemos obtener ningún progreso en la obra de la salvación. Esto se demuestra a través de lo que sucedió en el pasado y lo que nos está sucediendo en esta época. Nunca olvidemos a Dios en ninguna circunstancia, sino siempre pensemos de dónde viene el poder de la salvación. No es nuestro propio método o fuerza lo que hace posible la salvación. Dios nos ha dotado de poder, mediante el cual podemos guiar a todas las personas del mundo hacia la salvación.

Nm. 21:4-9 “Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. […] Y Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

Los israelitas que fueron mordidos por serpientes ardientes en el desierto, pudieron vivir al mirar a la serpiente de bronce. Era un milagro causado por el poder de Dios. Sin embargo, los israelitas adoraron neciamente a la serpiente de bronce durante ochocientos años, hasta la época de Ezequías. Olvidando a Dios, solo miraron los fenómenos visibles. Esto les hizo caer en la ilusión de que la serpiente de bronce los había salvado, y terminaron adorando ídolos.

El origen del poder no era la serpiente de bronce ni Moisés, quien sirvió como mediador entre Dios y el pueblo, sino la palabra de Dios: “Cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá”. Aquellos que obedecieron la palabra de Dios, vivieron por su fe. La victoria del ejército de Josué en la batalla contra Amalec, la división del Mar Rojo con la vara de Moisés, la historia de la serpiente de bronce… A través de todos estos eventos históricos, podemos descubrir que Dios siempre trabaja detrás de escena para llevar a cabo la obra de la salvación con su poder.

Entonces, ¿en quién debemos confiar para nuestra salvación? Numerosas cosas están sucediendo en nuestro entorno del evangelio. A veces nos faltan muchas cosas, y a veces hay muchos obstáculos. Cuando eso suceda, no debemos mirar a alguien a nuestro alrededor ni enfocarnos en nuestro entorno ni en condiciones externas. De lo contrario, seguiremos quejándonos siempre hasta el final de nuestro camino del desierto de la fe como lo hicieron los israelitas.

Siempre debemos pensar en Dios en lugar de tratar de resolver nuestros problemas por medio de cosas visibles y físicas. Dios es la fuente de todo poder para llevar a cabo la obra de la salvación. Cuando creemos en esto y obedecemos a Dios, nuestros obstáculos pueden convertirse en instrumentos para ayudarnos.


Recuerda a Dios

Satanás no se da por vencido fácilmente, sino continúa impidiéndonos establecer el reino del evangelio de Dios. A pesar de tantas dificultades, nuestra iglesia se está estableciendo en todo el mundo porque Dios está con nosotros. Solo cuando Dios levanta sus manos, puede realizarse la obra de la salvación. Siempre debemos tener en cuenta esto y nunca olvidar dar gloria y gracias a Dios.

Dt. 8:11-18 “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, […]”

Uno de los puntos clave de la lección del camino del desierto de los israelitas es que no debemos olvidar a Dios. Ninguno de nosotros debería olvidar a Dios, que es la fuente de poder para alcanzar la salvación. Si tenemos en cuenta que todo el poder viene de Dios y siempre le pedimos su ayuda, podemos progresar en la obra del evangelio. Sin embargo, si tenemos estos pensamientos equivocados: “Lo hice yo mismo y puedo hacerlo mejor que nadie”, incluso las cosas que se han logrado hasta ahora, llegarán a ser un castillo de arena. Dios nos conoce muy bien porque Él nos creó; por eso nos dice que no lo olvidemos aunque nuestro oro y nuestra plata aumenten y nuestras circunstancias sean favorables.

Si olvidamos a Dios, nuestra vida de la fe no tiene sentido. Dios nos protege y nos mantiene a salvo de cualquier obstáculo peligroso. Sin embargo, si orgullosamente pensamos que lo hemos hecho nosotros mismos, ya no podemos esperar la ayuda de Dios y habrá problemas en todas partes.

Dt. 8:1-3 “Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.”

Durante el viaje en el desierto de cuarenta años de los israelitas, Dios los probó para ver si guardarían o no sus mandamientos. Dios lo hizo con un fuerte deseo de ayudarlos a alcanzar una fe completa y bendecirlos al final. Como Dios sabía que lo olvidarían fácilmente en circunstancias cómodas, los guio a través del árido desierto y los puso en diversas situaciones; a veces les hacía tener hambre, y también hizo que el ejército los persiguiera. Si Dios hubiera abierto el Mar Rojo antes, no habría habido necesidad de que el pueblo de Israel huyera de Egipto con aflicción. Frente al Mar Rojo, los que eran infieles difundieron sus quejas; ellos cayeron en la tentación. A través del viaje en el desierto de cuarenta años, Dios probó su fe de esta manera.

No debemos caer en tentación. Dios mora en Sion. No solo Dios Padre sino también Dios Madre están con nosotros y nos guían, dándonos valor y fuerza, para que podamos llevar a cabo la misión de predicar el evangelio. La obra del evangelio se cumple por el poder de Dios, no por el nuestro. Por tanto, confiemos siempre en Dios y pidamos su ayuda a través de la oración cuando llevemos a cabo la obra del evangelio. A la persona que piensa con orgullo: “Lo he hecho con mis propias habilidades”, Dios le dice:

1 Co. 4:7 “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?”

Todo lo que tenemos es de Dios. Durante los cuarenta años en el desierto, Dios hizo todo por su pueblo; cuando les resultaba difícil hacer algo, los ayudaba a hacerlo; hizo un camino para ellos; incluso convirtió los obstáculos en herramientas para ayudarlos, con el fin de que pudieran atravesar con seguridad el difícil proceso. Aprendiendo una lección de esta historia, nunca debemos olvidar a Dios.

Dios ahora está abriendo las puertas para el evangelio, para que el agua de la vida del Lugar Santísimo pueda correr más lejos y más profundamente en el mundo. El evangelio se predica en Alaska, una helada tierra de hielo y nieve, en la selva amazónica e incluso en las regiones más remotas del Himalaya y los Andes. El año pasado muchas Siones se establecieron mediante la bendición de Dios. No debemos olvidar quién lo hizo, para que podamos llevar muchas almas al camino de la salvación también este año.

Dios, que es la fuente de poder para cumplir la obra de la salvación, está con nosotros y nos guía. Solo cuando Dios levanta sus manos podemos salir victoriosos. Teniendo en cuenta esto, pidamos ayuda al Padre y la Madre celestiales y prediquemos el evangelio hasta lo último de la tierra. Entonces podremos cumplir la obra de la salvación sin falta. Les pido sinceramente que todos sigan la dirección del Padre y la Madre celestiales con gozo y obediencia y proclamen la gloria de Jerusalén en todo el mundo, de modo que puedan entrar en el reino de los cielos, la eterna Canaán celestial.